La república de las asambleas y el modelo de gestión técnico-ciudadana

Para entender por qué es necesario un nuevo sistema, debemos identificar la falla estructural del modelo actual. Lo que hoy llamamos democracia es, en realidad, una partitocracia: un sistema de poder integrado donde los partidos políticos ostentan el monopolio de la acción pública, carecen de separación de poderes y han convertido el Estado en una herramienta de extracción de rentas. El ciudadano español medio se encuentra hoy arruinado porque el Estado de Partidos prioriza el mantenimiento de su propia estructura (asesores, subvenciones, propaganda) sobre la eficiencia técnica.

La caída de un régimen no suele avisar con trompetas, sino con el crujir silencioso de unas instituciones que ya no sostienen la realidad de quienes las pagan. En una España asfixiada por una deuda pública inasumible y una clase política que ha mutado en una casta extractiva, empieza a ganar fuerza una propuesta que no busca reformar el actual Estado de Partidos, sino certificar su defunción y sustituirlo por un sistema de ingeniería civil y soberanía directa. No se trata de cambiar un color por otro, sino de demoler el monopolio de las siglas para devolver la gestión del país a sus legítimos dueños a través de una estructura de asambleas, gestores expertos y blindaje criptográfico.

La solución no es votar a un partido nuevo para que gestione las viejas instituciones, sino disolver las instituciones de partido y sustituirlas por una red de gestión civil. Este cambio nace de la comprensión de que el Estado de Partidos es un organismo parasitario que consume la riqueza generada por la nación civil.

El tránsito de una nación arruinada por el Estado de Partidos hacia un sistema de autogobierno no es un proceso de reforma legal, sino una ruptura de paradigma. La historia de España ha demostrado que, en los momentos de mayor asfixia institucional, la solución no proviene de las élites que gestionan el desastre, sino de la organización espontánea de su ciudadanía. Este movimiento se enfrenta hoy a su mayor desafío: un Proceso Ciudadano Constituyente. Este movimiento no busca reformar el sistema de partidos, sino desplazarlo mediante la creación de una masa crítica de ciudadanos organizados en asambleas cuya meta final es la apertura de un Período de Libertad Constituyente.

Este camino comienza con la generación de una masa crítica de ciudadanos que, organizados en asambleas de barrio y pueblo, deciden dejar de reconocer la autoridad de la clase política. Es una secesión moral y civil que desemboca en un Período de Libertad Constituyente, un paréntesis necesario para desmantelar la partitocracia y redactar, por fin, una Constitución que emane de la realidad del país y no de los despachos de los partidos.

Para garantizar que el Estado no colapse y que las necesidades básicas de la población estén cubiertas durante la fase de transición, se constituye un Gobierno Provisional de Gestión. Este órgano no tiene carácter político ni legislativo; es estrictamente administrativo y técnico.

Este gobierno provisional operará bajo un plazo determinado y estricto, con un mandato de mínimo un año y un máximo de cuatro años. Su función exclusiva es asegurar el funcionamiento de los servicios esenciales del Estado (salud, seguridad, suministros, pensiones) mientras se lleva a cabo la redacción y validación de la nueva Constitución y la organización de la red de juntas.

Este equipo de gestión provisional estará compuesto por técnicos de alta cualificación y funcionarios de carrera sin vínculos de partido, cuya labor será la de «administradores de fincas» nacionales. Su existencia garantiza que la nación civil pueda centrarse en el debate constituyente y en la organización de sus asambleas sin la presión del desabastecimiento o el caos administrativo. Una vez finalizada la redacción de la Constitución y establecida la red de gestores definitivos, este gobierno provisional se disuelve automáticamente, habiendo cumplido su encargo de custodia.

A diferencia del modelo trevijanista donde el ciudadano elige a un representante que luego tiene autonomía en la Cámara, el proceso que aquí se impulsa culmina en la redacción de una Constitución que es, en esencia, un contrato de convivencia y gestión. Para que este texto sea legítimo y funcional, se establece una Mesa Constituyente Mixta. Este órgano es un espacio de trabajo conjunto donde se sientan ciudadanos elegidos por sorteo y expertos en derecho, legislación, y jurisprudencia.

El sorteo de los ciudadanos (inspirado en el Foro Nacional de Islandia, pero ampliado a una muestra masiva que represente fielmente a todas las provincias) asegura que el sentido común de quienes están arruinados por el sistema actual dicte los principios del texto. Estos ciudadanos no debaten tecnicismos, sino valores, derechos y obligaciones claros como el respeto absoluto a la propiedad, el derecho a no ser confiscado por el Estado, la libertad de expresión y la transparencia radical.

Los expertos en jurisprudencia y leyes trabajan integrados en la misma mesa. Su labor no es imponer su visión, sino traducir el sentido común de los ciudadanos sorteados al lenguaje jurídico necesario para que la ley sea inexpugnable. Esta mezcla evita que la Constitución sea un laberinto de ambigüedades. Es una Constitución de palabras claras que establece que el Estado solo existe para servir a la gestión ciudadana.

Una vez establecida la Constitución, el sistema se articula a través de una red de asambleas. Es fundamental insistir en que la Asamblea no gestiona absolutamente nada; la Asamblea es el órgano de decisión, deliberación y control.

De esta asamblea surge el portavoz, un ciudadano que conserva plenamente su libertad de expresión, opinión y voto dentro de su asamblea. Es un vecino más que asume la responsabilidad de trasladar a niveles superiores lo que desde su asamblea le han encomendado. El portavoz es un mero transmisor de la decisión técnica y civil tomada en la base. Si el portavoz se desvía un milímetro de lo acordado, deja de ser portavoz en el acto.

La soberanía escala de forma orgánica: de la asamblea de barrio al pueblo o ciudad, de ahí a la provincia, a la comunidad autónoma y finalmente a la Asamblea Nacional. Los portavoces nacionales trasladan el mandato ciudadano global a los ejecutores técnicos.

Nuestra propuesta considera que el Ejecutivo no debe ser un órgano político, sino una dirección técnica contratada. No queremos un Presidente del Gobierno con visión ideológica, sino un cuerpo de gestores expertos seleccionados por licitación y mérito, cuyo contrato dependa del cumplimiento de objetivos medibles y auditables.

Donde la teoría clásica veía políticos legítimos, nosotros vemos empleados civiles de alta cualificación bajo supervisión asamblearia. Si el país necesita gestionar su sanidad o su economía, la Asamblea Nacional no vota a un «ministro», sino que aprueba la contratación de un equipo gestor experto. Estos gestores firman un contrato mercantil con el pueblo español y están sujetos a una presión constante: el cumplimiento de los indicadores de éxito (KPIs) decididos por las asambleas. Si no cumplen, el contrato se rescinde inmediatamente.

El blindaje de este nuevo sistema descansa en un mix de tecnología avanzada y vigilancia humana directa.

A. El Sistema Blockchain: Las votaciones se realizan a través de sistemas de blockchain. Esto garantiza que cada voto sea inalterable, que el recuento sea público y que ningún administrador pueda manipular actas. Toda la ejecución presupuestaria es pública y trazable en tiempo real.

Obviamente, las auditorías son vigiladas y llevadas a cabo por los ciudadanos; son ellos quienes las llevan a cabo aprovechando la tecnología a través de sus herramientas positivas. Se establecen jurados de auditoría elegidos por sorteo que supervisan el trabajo de los gestores expertos, contrastando si los datos registrados coinciden con la realidad de los servicios.

C. El Voto Informado: Para proteger al sistema del populismo, se instaura el requisito del voto informado. Antes de emitir un voto, el sistema blockchain requiere que el ciudadano acceda a los informes técnicos y supere una validación básica de conocimientos sobre el asunto a decidir.

En definitiva, lo que proponemos es una arquitectura de ingeniería civil aplicada a la organización social. Es el paso de ser súbditos de una casta extractiva a ser los dueños de nuestra propia administración. El sistema de asambleas, la Mesa Constituyente Mixta, el Gobierno Provisional de Gestión y la contratación de gestores expertos forman un conjunto indisoluble que garantiza que el Estado nunca más vuelva a ser una herramienta de extracción de rentas. España deja de ser un campo de batalla ideológico para convertirse en una comunidad de gestión transparente y próspera.

 

 

 

 

 

Scroll al inicio