
El Régimen del 78 es el nombre que se da al sistema político, institucional y económico que se implantó en España tras la muerte de Franco en 1975, y que se consolidó formalmente con la Constitución de 1978 y la llamada «Transición».
No fue una ruptura real con el franquismo, sino una reforma pactada desde arriba por las élites del régimen anterior (incluido el propio Juan Carlos I, designado por Franco) junto con la oposición domesticada (PSOE, PCE y otros). Se vendió como «reconciliación nacional» y «consenso», pero en la práctica significó:
- Mantener la monarquía impuesta por el dictador, sin referéndum real sobre la forma de Estado.
- Un bipartidismo (primero UCD-PSOE, luego PP-PSOE) que se turnaba en el poder como en un teatro, con leyes electorales que favorecían a los grandes partidos y marginaban alternativas reales.
- La integración acelerada en la Unión Europea (entonces CEE), en la OTAN y en el euro, que destruyó el tejido industrial español a cambio de fondos y deuda, imponiendo políticas neoliberales, reconversiones salvajes y dependencia exterior.
- Un «Estado de las Autonomías» que fragmentó España en taifas, alimentando nacionalismos periféricos mientras se debilitaba la soberanía nacional.
En esencia, el Régimen del 78 fue la forma que adoptó el globalismo en España: una falsa democracia, controlada por partitocracia, oligarquías financieras, medios afines y organismos supranacionales (UE, OTAN, FMI, FEM etc.). Los dos grandes partidos se volvieron indistinguibles en lo esencial: privatizaciones, precarización laboral, inmigración masiva como mano de obra barata, destrucción de la identidad nacional y sumisión a agendas externas.
Durante décadas funcionó para las élites: burbuja inmobiliaria, turismo como monocultivo, subvenciones europeas y un «Estado del Bienestar» de saldo que ocultaba la entrega de soberanía. Pero desde la crisis de 2008, el 15M, el procés catalán y el desgaste por corrupción sistemática (Gürtel, ERE, Filesa, etc.), ese consenso se ha deslegitimado. Hoy el Régimen del 78 agoniza, pero sus herederos (PSOE, PP y sus sucedáneos) intentan salvarlo con parches, más europeísmo y represión de cualquier disidencia soberanista.
Fue la traición a una España soberana: se cambió una dictadura por una oligarquía globalista disfrazada de democracia, que priorizó la integración en el Nuevo Orden Mundial por encima de la independencia nacional, la industria propia y las raíces culturales. Por eso es el origen de los males actuales: pérdida de control fronterizo, desindustrialización, deuda eterna y erosión de la unidad de España.
El Régimen del 78 es el espíritu de entrega y consenso que lo animó todo. Romper con él no significa volver al pasado, sino recuperar soberanía frente a Bruselas, Davos y las élites sin patria que lo sustentan.
La partitocracia es el corazón del Régimen del 78. La Transición no trajo una democracia plena, sino un sistema diseñado para garantizar “estabilidad” a costa de la soberanía popular. Se creó un marco legal (ley electoral D’Hondt, listas cerradas, financiación pública, umbrales altos) que favorece el bipartidismo y margina cualquier alternativa real que amenace el consenso globalista.
Los partidos dejaron de ser instrumentos al servicio de la nación para convertirse en máquinas de poder conectadas con las élites transnacionales: Bruselas, Davos, los grandes fondos de inversión, las multinacionales y las agendas supranacionales (Agenda 2030, Pacto de Migración, Green Deal, etc.). PSOE y PP (y sus sucesores o socios) se alternan en el poder, pero aplican esencialmente la misma política.
Esta partitocracia es la carcoma que ha corroído el Estado de Derecho en España. Ha generado corrupción sistémica (casos Gürtel, ERE, Filesa, Kitchen, etc.), ha vaciado de contenido la soberanía nacional y ha convertido al ciudadano en un mero contribuyente-espectador, sin capacidad real de controlar a sus “representantes”. Como decía Antonio García-Trevijano, uno de los críticos más duros de la Transición:
Esto no es democracia: es una degeneración donde las oligarquías partidistas han usurpado la soberanía efectiva.
Además, la partitocracia es una de las herramientas principales con las que se ha impuesto la Agenda 2030 y la visión de un mundo sin naciones fuertes, solo regiones administrativas gestionadas por burócratas y políticos sin patria. Sirve para mantener el control mientras se simula pluralismo: cambian las siglas y los colores, pero el proyecto de disolución nacional y sumisión supranacional sigue intacto.
Por aclarar, la partitocracia (o partidocracia) es el sistema político en el que los partidos políticos —o más exactamente, sus cúpulas oligárquicas— se convierten en los verdaderos dueños del poder, desplazando a los ciudadanos y reduciendo las instituciones del Estado a meros instrumentos al servicio de sus intereses.
En lugar de una democracia donde el pueblo elige representantes libres que responden ante él, lo que tenemos es una oligarquía de partidos: los aparatos partidistas controlan las listas electorales (cerradas y bloqueadas), imponen disciplina férrea a sus diputados, reparten cargos públicos, controlan los medios de comunicación afines y colonizan instituciones como el Poder Judicial, los organismos reguladores, las televisiones públicas y hasta las empresas estatales. El ciudadano solo tiene un papel residual: votar cada cuatro años por un “paquete” prefabricado de candidatos elegidos por el jefe de filas, sin capacidad real de revocación ni de influencia directa.
Características clave de la partitocracia
- Listas cerradas: Tú no eliges a la persona, eliges la marca del partido. El escaño lo decide el aparato en Ferraz, Génova o donde sea.
- Disciplina de partido: Un diputado que se salga del guión es expulsado o marginado. El Parlamento deja de ser un lugar de debate para convertirse en un corral de votaciones automáticas.
- Reparto de botín: Los grandes partidos se reparten a dedo el Consejo General del Poder Judicial, el Tribunal Constitucional, RTVE, el Banco de España, las cajas de ahorro (antes), las embajadas… Todo se convierte en colocación de afines.
- Consenso de élites: Aunque se peleen en el hemiciclo para el espectáculo, en lo esencial (integración en la UE, Agenda 2030, inmigración masiva, deuda, cesión de soberanía) actúan como un solo bloque. Es el famoso “PPSOE” o el turno de partidos que ha gobernado España desde 1978.
Financiación pública: Los partidos viven del dinero del contribuyente (subvenciones, liberados, indemnizaciones), lo que los hace independientes del ciudadano y dependientes solo de sus propias estructuras de poder.
Solo el pueblo salva al pueblo